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DECLARACIÓN DE AMOR A GRECIA

 Mi muy querida Grecia, 

Hace tiempo que llevo pensando que debía escribirte esta carta, pero mis muchas ocupaciones han ido retrasando este momento. Hoy, a punto de nacer mi noveno hijo (al que mi mujer Ana y yo hemos decidido llamar Juan, en honor al santo de Patmos), me he propuesto redactar unas líneas para desahogar mi corazón. 

Ya lo dijo hace muchos siglos la poetisa de Lesbos: “lo más hermoso sobre la negra tierra es aquello que se ama”. Por esa razón creo que mi mujer es la más bella de todas las mujeres y que cada uno de nuestros hijos es guapísimo, un precioso regalo de Dios. Y también que tú misma eres la más bella de todas las tierras, porque engendraste hijos memorables y mitos eternos, porque nos enseñaste a disfrutar de la vida y a quedarnos siempre con lo mejor de cada momento, porque el mar y el sol se confabularon para acariciarte y hacerte más esplendorosa aún, y porque, a fin de cuentas, yo te quiero.

Te quise por primera vez cuando, en mis años de escolar, me hablaron de tu cultura y me enseñaron tu lengua tan antigua. Entonces descubrí el apasionante mundo del drama ático, de los textos de Esquilo, de Sófocles y de Eurípides. Me hechizó el poder purificador de la catarsis y pensé que tenía mucho que ver con mis raíces cristianas: algo había en común entre el pecado de “hybris”, el descendimiento del héroe hasta las profundidades del sufrimiento y su redención final, con la muerte, descenso a los infiernos y resurrección de Jesucristo. 

Jamás entonces se me pasó por la mente visitarte. Era algo que estaba fuera de mis posibilidades en aquel momento. Y, sin embargo, decidí dedicar el resto de mis años a estudiarte y a amarte más, aún sabiendo que eso me alejaría en ocasiones de algunos de mis amigos y que supondría tener que dejar el hogar para viajar lejos y continuar así mis estudios. 

Recuerdo con cariño mis años de carrera universitaria. Los textos antiguos, que cada vez ganaban en complejidad, y los nuevos amigos, que me enseñaron viejos discos de Theodorakis y me animaron a trabajar aquellos talentos míos que aún estaban ocultos: el dibujo, la música, la poesía y la traducción. Y ni siquiera entonces pensé en volar unas pocas horas y contemplar el Partenón o esa famosa puesta de sol que, según me han contado, puede experimentarse en el cabo Sounion. 

Con el paso del tiempo también me enamoré de tu cine, de aquellas maravillosas películas de Irene Papas y Michael Cacoyannis, a las que he dedicado tantísimas horas de estudio y de trabajo. Incluso tuve la osadía de ponerme en contacto con ellos y hablarles de nuestra pasión común: la tragedia griega en el cine. Luego llegarían otros nombres y otras películas, las de Angelopoulos, Koundouros y el cine más moderno. Me casé y empecé a leer literatura griega moderna. Fueron naciendo mis hijos y, en casa, entre pañales y biberones, estudié con cintas de cassette algo de griego moderno. Los niños fueron creciendo entre canciones de Arvanitaki y Alexiou. En sus fiestas de fin de curso bailaban “Dinatá, dinatá” y la gente se les quedaba mirando. Tarareaban temas de Paparizou y, mientras, yo me iniciaba en tus recetas más populares. En los cumpleaños, en casa se hacía yiaourtópita y me hice un experto en baglabás y en tsatsiki. Desde entonces, todos mis alumnos aprendieron a cocinar aquellas delicias culinarias, a cantar en griego en las fiestas del Instituto y alguno de ellos se atrevió a conocerte antes que yo y –lo más grave de todo- a mandarme por correo fotografías tuyas… Y vinieron más hijos, y fueron pasando por mis aulas cientos de alumnos, y en ese momento, cuando ya la juventud y las energías se me empezaban a escapar de las manos, empecé a pensar si no sería ya hora de pisar tus calles y de admirar tus paisajes. 

Mi gran problema es que no me gustaría estar contigo sólo unas horas. Hay tantos destinos maravillosos en mi mente que creo que ya no tengo tiempo suficiente para verlos cumplidos. ¿Qué tal una ruta por los puntos que visitó San Pablo hace tantos siglos? Sería inolvidable. ¿Y dedicarme a las islas y perderme por Creta? Espectacular. Me encantaría patearme el Peloponeso enterito, conocer Olimpia, subir y bajar por las gradas de Epidauro, pasear por Micenas, dormir en Nauplio, pero también quedarme un mes entero perdido por alguno de los monasterios del Monte Athos, contemplar las maravillas de Meteora o de Delfos, rememorando aquella genial idea de Sikelianós y Eva Palmer de resucitar el drama antiguo y crear una nueva Universidad, una anfictionía espiritual que uniese a todos los hombres contra la barbarie de la guerra y de la incultura... 

Tengo que darte una buena noticia: estamos de suerte, porque mis actuales alumnos han prometido que, si me porto bien, me llevan este próximo curso a conocerte. Nos vamos a tener que conformar con pernoctar en Atenas tres o cuatro días y movernos desde ahí lo que el euro y el tiempo nos permitan. Pero yo con ver de lejos la Acrópolis creo, sinceramente, que me conformo. No te ruborices cuando nos veamos. Yo seguro que en algún momento no conseguiré sujetar las lágrimas pero quiero que me entiendas y que no te lo tomes a mal. Será el fruto de una emoción inmensa contenida durante tantos años. De hecho, siento ya cierto hormigueo con tan sólo pensar cómo será nuestro primer encuentro. Sé también que la distancia es a veces un gran enemigo porque nos hace idolatrar más de la cuenta al ser amado. Pero no te preocupes: sé que no me vas a decepcionar. En realidad no espero nada de ti. Este amor que te profeso no requiere de un contacto directo. El tiempo, los contratiempos y los sufrimientos no han hecho más que purificarlo. 

Quizás alguien me llame “apátrida” pero me da igual. Siempre consideré una estupidez cualquier manifestación de nacionalismo. Yo, más bien, me considero cosmopolita y eso me ha permitido sentirme siempre a gusto, estuviese donde estuviese. Nacido en una ciudad de las desérticas tierras castellanas, en seguida emigré con mi familia a las húmedas y nubladas tierras del norte, con costumbres y lengua diferentes, y luego, por motivos de trabajo, he terminado en las luminosas y amables tierras del sur. Pero ya sea cuando me baño en las aguas de Galicia o cuando desde mi casa diviso un mar de olivos que se pierde en la distancia, es siempre en ti en quien pienso, en ti y en tus mitos e historias, en los gritos de alegría de la Anábasis de Jeofonte, en el enfrentamiento entre Poseidón y Atenea, en los versos de Cavafis, y en la voz de Savina Yannatou. 

Me despido ya por ahora. Espero que el tiempo que nos resta hasta que nos conozcamos personalmente nos haga más sabios y más bellos. Hasta mis oídos han llegado rumores acerca de que ciertos pretendientes están acosándote y que ponen a prueba constantemente tu valor y tu fidelidad. No cedas y espérame. Voy de camino. 

Publicado por Alejandro Valverde García en Panorama Griego

Reproducido con permiso del autor