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EL LATÍN HA MUERTO ¡VIVA EL LATÍN!

El latín ha muerto ¡viva el latín! ofrece un ameno, apasionado y erudito panorama de la historia de la lengua latina desde sus orígenes hasta la actualidad.

Su autor, Wilfried Stroh, profesor de Filología Latina en la Universidad de Munich desde 1976, obtuvo con la publicación de esta obra en el 2007 un éxito inesperado: se vendieron más de 100.000 ejemplares de la edición original alemana y el libro ha sido traducido hasta ahora al húngaro, el francés, el alemán y el castellano.

La traducción española, publicada en 2012 por Ediciones del Subsuelotambién ha tenido una buena acogida y ya va por su tercera edición.

El éxito del libro viene a demostrar que existe esa "inmensa minoría" de la que hablara Juan Ramón, a la que se puede llegar sin necesidad de renunciar al rigor científico ni la densidad de ideas.

Porque el mayor mérito de la obra no es su amenidad ni lo bien escrita que está, sino la profundidad, originalidad e interés de las ideas centrales que recorren esta bella historia de la lengua latina, contada con una pasión verdaderamente contagiosa que hacen que el lector devore los capítulos como si se tratase de un thriller y al terminar se sienta irremediablemente atraído por la "descabellada" idea de comenzar a estudiar latín.

Aunque la obra va destinada al público general, el filólogo clásico también disfrutará enormemente de su lectura precisamente por la originalidad y agudeza de los planteamientos de Stroh.

Es cierto que a quienes nos dedicamos a la Filología Clásica nos hubiera gustado que los capítulos dedicados al latín en la Antigüedad hubieran sido mucho más extensos, o que aquellos en los que se habla del latín en el Medievo, el Renacimiento y la Edad Moderna no hubieran estado tan centrados en Alemania... pero hay que entender que la obra no pretende ser un historia académica de la lengua latina (¡ojalá la escribiera el profesor Stroh!), sino una invitación, casi una provocación, y también una declaración de amor apasionada. Desde el principio se nos advierte de ello por lo que no hay lugar a reclamaciones: da lo que promete.

Personalmente me hubiera gustado una mayor atención a los movimientos de renovación pedagógica llevados a cabo por la escuela de Rouse (al que ni siquiera se menciona) o por nuestro querido Hans H. Ørberg (a quien al menos sí se cita, aunque sin dar su nombre). He echado en falta un análisis más detenido sobre estas cuestiones pero, viniendo del mundo universitario, hay que reconocer que bastante es que ponga en duda abiertamente la metodología gramaticalista descriptiva imperante:

"Es evidente que pocas personas querrán aprender latín según el método habitual de muchas instituciones, que lo convierte en una especie de álgebra superior o tal vez de química. Se busca el núcleo del predicado  -osculatur (él besa)- y se pregunta entonces por la totalidad de la frase a través de los complementos necesarios (¿Quién besa? Catullus ¿A quién besa? Lesbiam) y de otros detalles (¿Dónde besa? ¿Por qué besa? ¿Con qué frecuencia besa?). De izquierda a derecha, de derecha a izquierda, se va montando una frase hasta que finalmente tiene sentido. ¡Nunca habría logrado Catulo besar a Lesbia si ella hubiese tenido que esforzarse tanto para entenderlo!" (W. Stroh. El latín ha muerto ¡viva el latín! p.354)

A pesar de todo se trata de un libro absolutamente recomendable para cualquiera a quien le interese la Cultura con mayúscula y una lectura imprescindible para todo estudiante o profesor de latín. Las innumerables y sabrosísimas anecdotas, que demuestran una erudición fuera de lo común, el estilo tan ágil (y enhorabuena, por cierto al traductor, Fruela Fernández) y, sobre todo, la pasión que transmite por la magia del latín hacen del libro un verdadero deleite.

"Nos hemos acercado a la magia del latín, el héroe de este libro, a través de su historia, no tanto por su estructura. Esa estructura que se le revela a cada estudiante tras unas pocas horas de estudio: la capacidad tan singular para alcanzar por igual la abundancia y la concisión, para mostrar la soltura del mismo modo que la tensión arquitectónica; todo ello a partir de la posición final del verbo, núcleo de la expresión, y de las infinitas posibilidades que ofrece la colocación de las oraciones subordinadas. Por no hablar de los matices de la poesía, de la riquísima alternancia entre verso, período y unidad de significado, de las sorprendentes relaciones de sentido que se establecen a partir de la libertad de colocación de las palabras: ningún idioma moderno podría suscitar, que yo sepa, algo comparable. No se le hace justicia al latín cuando se le otorga la facultad de educar la capacidad intelectual por su estructura «particularmente lógica». De manera paradójica, es la imprecisión y la ambigüedad del idioma lo que obliga a reflexionar. Pensemos, por ejemplo, en Hoc poculo epoto (Tras beber el vaso), ese ablativo absoluto tan temido por los principiantes. La construcción sólo indica que este hecho —beber el contenido del vaso— está, en cierto modo, conectado con la acción principal de la oración, en este caso el sueño de César: Hoc poculo epoto Caesar obdormivit (... César se quedó dormido). Sin embargo, la naturaleza de esta relación no está expresada en la frase. César podría haberse quedado dormido después de beber, por haber bebido o a pesar de beber: tan sólo el oyente o el lector puede determinar qué se quiere decir."  (W. Stroh. El latín ha muerto ¡viva el latín! pp. 360-361) 
Carlos Martínez Aguirre