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RAMÓN IRIGOYEN

En los últimos años he recibido muchísimas cartas de estudiantes y profesores de clásicas felicitándome por mi libro La extraña odisea y comentándome que compartían mi frustración respecto a la metodología con la que aprendieron latín y griego en la carrera.

Quizás precisamente por eso -por la crítica indirecta que ésto implica hacia las facultades de Filología clásica- han sido muy pocas, casi ninguna, las cartas de felicitación o de cualquier otro tipo que he recibido procedentes del ámbito Universitario. 

Una notable excepción la constituye el profesor Ramón Irigoyen, que tras la lectura de mi libro me escribió una entusiasta felicitación y cuyas elogiosas palabras repitió en un artículo del Diario de Navarra que incluí en la contraportada de la segunda edición de mi libro. Decía el profesor Irigoyen: 

"Recomiendo vivamente a helenistas y latinistas que lean sin encresparse el libro de Martínez Aguirre."

Hoy os queríamos recomendar otro artículo del profesor Irigoyen en el que da su opinión sobre la didáctica del latín y el uso activo de la lengua en el aula. Reproduzco los primeros párrafos.


ENSEÑEMOS HABLANDO LATÍN

En el estudio del latín y del griego se ha puesto en práctica la norma del máximo esfuerzo con el mínimo rendimiento. ¿Y por qué? Por el gravísimo error de no estudiar el latín como una lengua viva, es decir, una lengua hablada, leída y escrita.

Una golondrina con la que mantengo una alegre conversación en latín en la avenida de Juan Pablo II de un pueblo de la sierra madrileña me pide que, ahora que se aproxima el 21 de junio, traduzca al castellano el verso de Horacio “ver proterit aestas”. Y se lo traduzco al instante – “a la primavera la arrolla el verano” – poniendo en práctica la frase “ahora mismo”, que siempre me decía una extraordinaria asistenta rumana cuando le pedía que hiciera alguna cosa.

Aquella mujer, ejemplo supremo de diligencia, podía estar, por ejemplo, tendiendo la ropa y, cuando se le pedía algo, al instante respondía “ahora mismo”. Y, aunque le dijera que no urgía lo que le había pedido, dejando de hacer lo que estaba haciendo, ella hacía, sin la menor pereza, y con la mayor velocidad y eficacia, lo que se le había pedido. Por eso he traducido aquí este verso latino de Horacio con la velocidad con la que Fernando Torres encara la portería del equipo contrario. Los buenos ejemplos mejoran nuestra conducta. Cuánto bien nos habría hecho Zapatero si, en vez de aplazar nefastamente la solución de la crisis, por telepatía, hubiera puesto en práctica el “ahora mismo” de esta asistenta rumana, de nombre Mariana, que creía en su Dios ortodoxo incluso mucho más de lo que los hinchas creemos en Íker Casillas.

Inspirado por mi diálogo con la maravillosa golondrina, criada en el nido del poema de Bécquer “Volverán las oscuras golondrinas, me pregunto: “¿Hay algún método recomendable para estudiar latín bien y no con la nefasta metodología que, durante siglos, hemos sufrido en occidente en colegios, institutos y universidades, aunque no en seminarios eclesiásticos?” Y, para no equivocarme en asunto de importancia tan primordial como el método, visito la fantástica librería madrileña Áurea, especializada en latín y griego, y pegada a la glorieta madrileña de Cuatro Caminos. Allí encuentro el método Lingua latina per se illustrata ‘La lengua latina ilustrada por sí misma’, del danés Hans H. Orberg, que, con absoluto acierto, considera que el latín es una lengua para ser leída en voz alta y, por tanto, una lengua hablada y, por supuesto, además, una lengua escrita. ¿Cómo se estudiaba latín en los seminarios, al menos, hasta hace unos años?, (ignoro si ahora se sigue haciendo así). El latín se estudiaba para comprender los textos escritos en latín, para traducir textos del castellano al latín y para hablar esta lengua, que era la lengua internacional – y, por tanto, la lengua hablada – de la Iglesia. El latín era, pues, para la Iglesia una lengua leída, escrita y hablada.

 El artículo completo lo podéis encontrar aquí.