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FILÓLOGOS BIZANTINOS

Nigel G. Wilson es uno de los investigadores que más ha aportado al estudio de la transmisión de los textos de la antigüedad clásica.

Su obra Copistas y filólogos, escrita en colaboración con el profesor Leighton D. Reynolds es lectura obligada para cualquier estudioso interesado en el proceso de transmisión de las obras griegas y romanas.

En la obra que ahora comentamos, Filólogos Bizantinos, publicada en 1994 por Alianza Universidad y hoy desgraciadamente descatalogada, el profesor Wilson se centra en analizar la suerte de las obras griegas clásicas durante el mal llamado imperio bizantino.

Descubriremos en este libro qué autores clásicos y cristianos fueron leídos y copiados en las distintas épocas del imperio, cuáles eran de lectura obligada en las escuelas, quiénes eran del gusto de los intelectuales, si había censura y qué uso se hacía de los textos clásicos transmitidos.

A lo largo de las casi cuatrocientas páginas del libro nos sorprenderá saber que durante los más de mil años en los que Constantinopla siguió siendo la segunda Roma, Homero nunca dejó de leerse y estudiarse en la escuela primaria. Que Aristófanes era uno de los autores más leídos y copiados sin que se le sometiera a ningún tipo de censura -que se reservaba casi exclusivamente a los autores cristianos considerados heréticos, y muy rara vez a los paganos-.

Descubriremos cuándo y cómo se fue perdiendo la comprensión de los distintos tipos de metro y en definitiva nos daremos cuenta de que fueron los griegos del imperio oriental los verdaderos transmisores de la cultura griega clásica y que gracias a las ediciones de clásicos que durante más de mil años fueron una y otra vez copiando y perfeccionando la Europa occidental pudo, a partir del Renacimiento, recuperar una tradición que en Grecia nunca se había perdido.

Se trata de un libro imprescindible para todos aquellos que deseen comprender cómo han llegado hasta nosotros las grandes obras de la literatura griega y cuál fue la relación que el mundo griego tuvo con su lengua y sus clásicos durante los más de mil años que el Imperio Oriental sobrevivió a Roma.

El autor, por desgracia, carece de carisma divulgador y en ocasiones cae en vicios propios de la Universidad: a veces tenemos la impresión de que nos encontramos ante páginas recicladas de ponencias previas sobre temas nimios y en otras ocasiones asuntos de mucho mayor interés (por ejemplo las lecturas y la formación de Gemisto Pletón) son despachadas en un par de líneas.

A pesar de todo si se tiene la suficiente paciencia y comprensión hay muchísimas ideas e informaciones valiosas que extraer de este libro.

Carlos M. Aguirre